lunes, 7 de enero de 2013

Los suspensos II

Ya hablé en otra ocasión de los suspensos, que parecen crecer con los años, o tal vez perder su valor, si es que no es la misma cosa. En la primera evaluación se suele suspender más que en las demás, para instar a los alumnos a que trabajen y recuperen el curso (y también porque el verano larguísimo causa estragos). ¿Pero cuántos suspensos es el máximo aceptable? ¿A partir de cuándo el problema excede al grupo concreto? ¿Hay un umbral que marca que el curso es irrecuperable sin regalos extraños? ¿Suspender muchas no suele ser cosa más de actitud que de conocimientos? ¿Qué indica un suspenso?

Viendo la disparidad de criterios de evaluación en un mismo claustro, creo que es un tema que convendría debatir: hay profesores que aprueban a partir de un cuatro y pico y otros no; algunos admiten recuperaciones en forma de exámenes light o trabajos y otros no; algunos mantienen un cierto patrón en el que no suspenden más de X y otros no; hay profesores que intentan prestigiar su materia o imponerse con notas más duras y otros no; hay departamentos que consensúan criterios y otros no. En algunos centros se suspende con más facilidad, otros son más fáciles o bien hay presión de las familiar y no se puede abusar del cate; en algunos centros los suspensos suelen ser la antesala del abandono; en otros centros esos suspensos se camuflarán por las necesidades de matrícula.

Y aún hay quien mira mal al compañero que jamás suspende (por blando) o al que suspende demasiado (porque algo hará mal o bien se pasa), así que supongo que sí que existe un máximo psicológico de suspensos admisibles en una clase, ¿o no? Si cada vez se suspende más, ¿por qué ocurre?

8 comentarios:

Enrique dijo...

Resulta desalentador, pero la mayoría de nuestros comportamientos buscan conseguir un premio o evitar un castigo; es decir, están movidos por el interés o por el miedo. Y en esto se basan todos los sistemas de entrenamiento y adoctrinamiento, incluida la enseñanza: en producir placer o dolor manejando la fuerza o manipulando las emociones. Es una forma de condicionamiento que alterna entre el golpe y la caricia, la alabanza y el desprecio, la promesa y la amenaza. Así es como se acostumbra a las personas a obedecer y a buscar la aprobación.

Lamentablemente, cuando se intenta prescindir de estas prácticas, confiando en la responsabilidad y el buen criterio de las personas, los resultados no son los esperados, sino que tienden a dar la razón a aquellos que justifican su necesidad. Sin instrucciones, sin la tensión que provocan el palo y la zanahoria parece que nuestros comportamientos tienden a relajarse, parece que el cuidado, la atención y el esfuerzo que se ponen en una tarea son inferiores a los empleados cuando hay una amenaza o una recompensa. Lo cual es lógico, porque para prescindir de los premios y los castigos se necesitaría otro tipo de educación.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/la-carita-triste-y-la-carita-alegre

Chema dijo...

Pues he de decir que no estoy de acuerdo con lo que afirma Enrique, porque cuando se confía en la responsabilidad de los alumnos las respuestas de éstos no pueden ser más positivas. Otra cosa es si, en un mismo centro en el que los chicos tienen pongo por caso ocho profesores distintos, responden por igual a los estímulos que ofrece cada docente. Ahí depende mucho de la forma de enfocar las clases, del nivel de compromiso que cada profe exige para con su asignatura, de la dinámica más o menos participativa de cada cual, etcétera.Lo que tengo claro es que cuando ellos ven que son también los protagonistas de su educación la satisfacción por ambas partes es innegable. Que eso supone un trabajo mucho mayor para el profesor, claro que sí, pero como todo en esta vida: ya hace tiempo dijo Platón que las cosas hermosas son difíciles.

eduideas dijo...

Enrique, como siempre tus comentarios y propuestas en el sitio de otras políticas son muy interesantes y creo también que hay que educar desde pequeños en esa autonomía y responsabilidad que haga que aprender sea algo más allá de la nota y el suspenso. Y como dice Chema, los alumnos acaban respondiendo.

Toni Solano dijo...

Mientras el sistema esté fijado a través de niveles evaluables mediante contenidos concretos y asignaturas como parcelas independientes, la evaluación dependerá de una nota numérica más o menos arbitraria según el profesor, el departamento o el centro. Eso es inevitable y lo será aun más cuando se establezcan reválidas. Los intentos (bienintencionados o no) por evitar el trance del suspenso solo son a la larga una estafa al alumnado, ya que al final lo juzgarán con una tabla de ítems que determinarán si sabe un 40 o un 80% de las cosas que debería saber, es decir un 4 o un 8 de nota.

Otras Políticas dijo...

Toni, efectivamente las cosas funcionan así en este momento. Pero hay muchas formas de evaluar diferentes de los exámenes.
Sin entrar a cuestionar la necesidad o no de los exámenes, lo cierto es que se utilizan en exceso y se utilizan mal, causando más perjuicios que beneficios. Porque no es lo mismo estudiar para aprobar un examen que estudiar para aprender; las intenciones, las actitudes y los métodos empleados son muy distintos en uno y otro caso, y lo que se consigue también.

En la práctica diaria, cada maestro debería reflexionar hasta qué punto necesita hacerlos para constatar el progreso de cada alumno. En muchos casos, los grupos son lo suficientemente reducidos como para que esto no sea necesario y el examen se plantea más para tener una prueba material que justifique una nota ante una posible reclamación que para diagnosticar los saberes adquiridos.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/examenes

Otras Políticas dijo...

Toni, efectivamente las cosas funcionan así en este momento. Pero hay muchas formas de evaluar diferentes de los exámenes.
Sin entrar a cuestionar la necesidad o no de los exámenes, lo cierto es que se utilizan en exceso y se utilizan mal, causando más perjuicios que beneficios. Porque no es lo mismo estudiar para aprobar un examen que estudiar para aprender; las intenciones, las actitudes y los métodos empleados son muy distintos en uno y otro caso, y lo que se consigue también.

En la práctica diaria, cada maestro debería reflexionar hasta qué punto necesita hacerlos para constatar el progreso de cada alumno. En muchos casos, los grupos son lo suficientemente reducidos como para que esto no sea necesario y el examen se plantea más para tener una prueba material que justifique una nota ante una posible reclamación que para diagnosticar los saberes adquiridos.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/examenes

Chema dijo...

La prueba de que los exámenes no son imprescindibles es que en varios países del norte de Europa no se hacen hasta casi la llegada a la universidad, caso de Finlandia y otros países bálticos. Creo que todos estaremos de acuerdo en que, con un grupo reducido, no sería necesario para nada hacer exámenes -otra cosa es que nos parezca que hay medios mejores para evaluar a los alumnos, pero eso es otro tema -, lo malo es que con la nueva ley educativa tener un grupo pequeño va a ser sólo posible en el mejor de los sueños.

eduideas dijo...

Por eso creo que hay que centrarse, demasiadas luchas y con poco éxito. Creo que la reducción de ratios debería ser uno de los principales caballos de batalla, porque soluciona muchas cosas de golpe.

Hay centros que tienen dos notas: una de resultados, tradicional, y otra de proceso, que se reflejan de modo independiente en el boletín. Puede ayudar mientras logramos cambiar el sistema general de evaluación